EL ALEPH
JORGE LUIS BORGES
O God, I could be
bounded in a nutshell
and count myself a
King of infinite space.
Hamlet, II, 2
But they will teach
us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a Nunc-stans (ast
the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than
they would a Hic-stans for an Infinite greatnesse of Place.
Leviathan, IV, 46
La
candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una
imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al
miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían
renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues
comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese
cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no,
pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había
exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también
sin humillación. Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños; visitar
ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino
Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez
ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de
nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos. Beatriz Viterbo, de
perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera
comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri;
Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en
Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés
que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo,
la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi
presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente,
aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.
Beatriz
Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé pasar un treinta de abril sin
volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos
veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato
más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a
comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí,
ya dadas las ocho, con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a
comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las
graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri.
Beatriz
era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron*
es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos
Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué
cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es
autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las
noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia,
la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su
actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante.
Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz)
grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de
Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable.
"Es el Príncipe de los poetas de Francia", repetía con fatuidad.
"En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada
de tus saetas."
El
treinta de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del
país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de
unas copas, una vindicación del hombre moderno.
-Lo
evoco -dijo con una animación algo inexplicable- en su gabinete de estudio,
como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos,
de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos,
de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de
boletines...
Observó
que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX
había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora,
convergían sobre el moderno Mahoma.
Tan
ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que
las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las
escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y
otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o
simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años,
sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos
que se llaman el trabajo y la soledad. Primero, abría las compuertas a la
imaginación; luego, hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra;
tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la
pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe**.
Le
rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera breve. Abrió un cajón del
escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de
la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción:
He
visto, como el griego, las urbes de los hombres,
los
trabajos, los días de varia luz, el hambre;
no
corrijo los hechos, no falseo los nombres,
pero
el voyage que narro, es... autour de ma chambre.
-Estrofa
a todas luces interesante -dictaminó-. El primer verso granjea el aplauso del
catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la
violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo
(todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de
la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la
Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero -¿barroquismo,
decadentismo; culto depurado y fanático de la forma?- consta de dos
hemistiquios gemelos; el cuarto, francamente bilingüe, me asegura el apoyo
incondicional de todo espíritu sensible a los desenfadados envites de la
facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite, ¡sin
pedantismo!, acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan
treinta siglos de apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los
Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios
de la pluma del saboyano... Comprendo una vez más que el arte moderno exige el
bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!
Otras
muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario
profuso. Nada memorable había en ellas; ni siquiera las juzgué mucho peores que
la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y
el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que
el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones
para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo
modificaba la obra para él, pero no para otros. La dicción oral de Daneri era
extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, trasmitir esa
extravagancia al poema1.
Una
sola vez en mi vida he tenido ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos
del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la
fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica
de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es
menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se
proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado
unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob,
un gasómetro al norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la
parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la
calle Once de Septiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no
lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de
la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían
de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa:
Sepan.
A manderecha del poste rutinario
(viniendo,
claro está, desde el Nornoroeste)
se
aburre una osamenta -¿Color? Blanquiceleste-
que
da al corral de ovejas catadura de osario.
-Dos
audacias -gritó con exultación-, rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito.
Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en
passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas,
tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron
jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una
osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror pero que apreciará más
que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy
subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el
lector; se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la
satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo, blanquiceleste? El
pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del
paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas
del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más
íntimo el alma de incurable y negra melancolía.
Hacia
la medianoche me despedí.
Dos
domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en
la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos
la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri
-los propietarios de mi casa, recordarás- inaugura en la esquina; confitería
que te importará conocer". Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos
fue difícil encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno,
era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas, el
excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por
Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la
instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta
severidad:
-Mal
de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más
encopetados de Flores.
Me
releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un
depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora
abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era
bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas,
prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a
los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, "que no
disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y
ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los
otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía,
"de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de
los Ingenios". Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra
convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra,
de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema.
Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme
que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos
Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar en el epíteto
al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro
MeliánLafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con
embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía
que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor
científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de
galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad".
Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro.
Asentí,
profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes
con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión
del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las
reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía
comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije,
entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo,
describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo
de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a)
hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz (ese
eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía
dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no
hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.
A
partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me
indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de
Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizá coléricas
quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente, nada ocurrió -salvo
el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una
delicada gestión y luego me olvidaba.
El
teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me
habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y
con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar
su desaforada confitería, iban a demoler su casa.
-¡La
casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay!
-repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.
No
me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años,
todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo; además, se trataba
de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese
delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri
persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los
demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil
nacionales.
El
nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una
seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto.
Daneri dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana,
impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para
terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano
había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que
contienen todos los puntos.
-Está
en el sótano del comedor -explicó, aligerada su dicción por la angustia-. Es
mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera
del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien
dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl,
pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera
vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
-¿El
Aleph? -repetí.
-Sí,
el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde
todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no
podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre
burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código
en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.
Traté
de razonar.
-Pero,
¿no es muy oscuro el sótano?
-La
verdad no penetra en un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la
tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas,
todos los veneros de luz.
-Iré
a verlo inmediatamente.
Corté,
antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho
para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes
insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos
Argentino era un loco. Todos esos Viterbo, por lo demás... Beatriz (yo mismo
suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable,
pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas
crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos
Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos
detestado.
En
la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño
estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una
flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran
retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una
desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:
-Beatriz,
Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para
siempre, soy yo, soy Borges.
Carlos
entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro
pensamiento que de la perdición del Aleph.
-Una
copita del seudo coñac -ordenó- y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el
decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad,
cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de baldosas y fijas los ojos
en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te
quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves
el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo
proverbial, el multum in parvo!
Ya
en el comedor, agregó:
-Claro
está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en
breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.
Bajé
con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho
que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de
que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona
entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio
preciso.
-La
almohada es humildosa -explicó-, pero si la levanto un solo centímetro, no
verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese
corpachón y cuenta diecinueve escalones.
Cumplí
con sus ridículos requisitos; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa; la
oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total.
Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego
de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de
que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber
que estaba loco, tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de
atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los
abrí. Entonces vi el Aleph.
Arribo,
ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de
escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un
pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el
infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo
trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de
un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una
esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna;
Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al
Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles
analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me
negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría
contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es
irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese
instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me
asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y
sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré,
sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
En
la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera
tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego
comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos
espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres
centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño.
Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo
claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi
el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en
el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi
interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos
los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle
Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en
Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi
convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en
Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo
cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda,
donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera
versión inglesa de Plinio, la de PhilemonHolland, vi a un tiempo cada letra de
cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen
cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y
el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color
de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de
Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi
caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la
delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando
tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las
sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres,
émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la
tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me
hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido
a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia
atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de
mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi
el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra
vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y
sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y
conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado:
el inconcebible universo.
Sentí
infinita veneración, infinita lástima.
-Tarumba
habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman -dijo una voz aborrecida y
jovial-. Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta
revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!
Los
zapatos de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca
penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:
-Formidable.
Sí, formidable.
La
indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:
-¿Lo
viste todo bien, en colores?
En
ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso,
evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo
insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa
metrópoli, que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave
energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme, y le repetí que el
campo y la serenidad son dos grandes médicos.
En
la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron
familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de
sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver.
Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido.
Posdata
del primero de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de
la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del
considerable poema y lanzó al mercado una selección de "trozos
argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió
el Segundo Premio Nacional de Literatura2. El primero fue otorgado al doctor
Aita; el tercero, al doctor Mario Bonfanti; increíblemente, mi obra Los naipes
del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la
envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen
que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el
Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.
Dos
observaciones quiero agregar: una, sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre
su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la
lengua sagrada. Su aplicación al disco de mi historia no parece casual. Para la
Cábala, esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también
se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para
indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la
Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no
es mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino
ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos,
en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por
increíble que parezca, yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el
Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.
Doy
mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de
cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una
biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que
atribuye el Oriente a IskandarZú al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia.
En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios
congéneres -la séptuple copa de KaiJosrú, el espejo que TárikBenzeyad encontró
en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo
examinar en la luna (Historia verdadera, I, 26), la lanza especular que el
primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal
de Merlin, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio"
(TheFaerieQueene, III, 2, 19)-, y añade estas curiosas palabras: "Pero los
anteriores (además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica.
Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que
el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el
patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a
la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... La
mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de
religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas
fundadas por nómadas es indispensable el concurso de forasteros para todo lo
que sea albañilería".
¿Existe
ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y
lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy
falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de
Beatriz.
A
Estela Canto
LA INTRUSA
Jorge Luis Borges
Dicen
(lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de
los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte
natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo
cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche
perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe.
Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La
segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las
pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque
en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de
los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la
tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.
En
Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor
recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada
Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió
nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La
azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya
no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio
de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los
Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en
catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo
rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena
rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la
sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es
imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la
policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no
llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos,
cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo
cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y
ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.
Físicamente
diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo
que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno
era contar con dos enemigos.
Los
Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces
de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó
a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero
no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las
fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte
estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de
tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se
sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las
mujeres, no era mal parecida.
Eduardo
los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé
qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por
el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo
en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián.
El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la
rivalidad latente de los hermanos.
Una
noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado
al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas.
La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:
-Yo
me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés,
usala.
El
tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía
qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era
una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.
Desde
aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión,
que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas
semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el
nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban
razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo
que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin
saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se
decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero
los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.
Una
tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó
por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo
injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.
La
mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna
preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no
la había dispuesto.
Un
día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no
apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y
se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar
una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la
crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la
carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los
caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a
Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho;
Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.
En
Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una
rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres
entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales.
Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su
lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de
año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón;
en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró;
adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:
-De
seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.
Habló
con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba
con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.
Volvieron
a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían
cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño
entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían
compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un
desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.
El
mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos
la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que
Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:
-Vení,
tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la
fresca.
El
comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas;
después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.
Orillaron
un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:
-A
trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se
quede aquí con su pilchas, ya no hará más perjuicios.
Se
abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente
sacrificada y la obligación de olvidarla.
FIN
Tres Rosas Amarillas
Raymond Carver
Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar
con su amigo y confidente Alexei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la
prensa, era un reaccionario, un sel f-made man cuyo padre había sido soldado
raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en
común: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperamentalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin
embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su
compañía.
Naturalmente, fueron al mejor restaurante de la ciudad, un antiguo
palacete llamado L'Ermitage (establecimiento en el que los comensales podían
tardar horas -la mitad de la noche incluso- en dar cuenta de una cena de diez
platos en la que, como es de rigor, no faltaban los vinos, los licores y el
café). Chejov iba, como de costumbre, impecablemente vestido: traje oscuro con
chaleco. Llevaba, cómo no, sus eternos quevedos. Aquella noche tenía un aspecto
muy similar al de sus fotografías de ese tiempo. Estaba relajado, jovial.
Estrechó la mano del maitre, y echó una ojeada al vasto comedor.
Las recargadas arañas anegaban la sala de un vivo fulgor. Elegantes hombres y
mujeres ocupaban las mesas. Los camareros iban y venían sin cesar. Acababa de
sentarse a la mesa, frente a Suvorin, cuando repentinamente, sin el menor aviso
previo, empezó a brotarle sangre de la boca. Suvorin y dos camareros lo acompañaron al cuarto de baño y trataron de
detener la hemorragia con bolsas de hielo. Suvorin lo llevó luego a su hotel, e
hizo que le prepararan una cama en uno de los cuartos de su suite. Más tarde,
después de una segunda hemorragia, Chejov se avino a ser trasladado a una
clínica especializada en el tratamiento de la tuberculosis y afecciones respiratorias afines. Cuando Suvorin fue a visitarlo días después,
Chejov se disculpó por el «escándalo» del restaurante tres noches atrás, pero
siguió insistiendo en que su estado no era grave. «Reía y bromeaba como de
costumbre -escribe Suvorin en su diario-, mientras escupía
sangre en un aguamanil.»
Maria Chejov, su hermana menor, fue a visitarlo a la clínica los
últimos días de marzo. Hacía un tiempo de perros; una tormenta de aguanieve se
abatía sobre Moscú, y las calles estaban llenas de montículos de nieve
apelmazada. Maria consiguió a duras penas parar un coche de punto que la
llevase al hospital. Y llegó llena de temor y de inquietud.
«Anton Pavlovich yacía boca arriba -escribe Maria en sus
Memorias-. No le permitían hablar. Después de saludarle, fui hasta la mesa a
fin de ocultar mis emociones.» Sobre ella, entre botellas de champaña, tarros
de caviar y ramos de flores enviados por amigos deseosos de su restablecimiento,
Maria vio algo que la aterrorizó: un dibujo hecho a mano -obra de un especialista, era evidente- de los pulmones de Chejov. (Era de
este tipo de bosquejos que los médicos suelen trazar para que los pacientes
puedan ver en qué consiste su dolencia.) El contorno de los pulmones era azul,
pero sus mitades superiores estaban coloreadas de rojo. «Me di cuenta de que
eran ésas las zonas enfermas», escribe Maria.
Tres Rosas Amarillas Raymond Carver También Leon Tolstoi fue una vez
a visitarlo. El personal del hospital mostró un temor reverente al verse en
presencia del más eximio escritor del país. (¿El hombre más famoso de Rusia?) Pese a estar prohibidas las visitas de toda persona ajena
al «núcleo de los allegados», ¿cómo no permitir que viera a Chejov? Las
enfermeras y médicos internos, en extremo obsequiosos, hicieron pasar al
barbudo anciano de aire fiero al cuarto de Chejov. Tolstoi, pese al bajo
concepto que tenía del Chejov autor de teatro («¿Adónde le llevan sus personajes?
-le preguntó a Chejov en cierta ocasión-. Del diván al trastero, y del
trastero al diván»), apreciaba sus narraciones cortas. Además -y tan sencillo
como eso- lo amaba como persona.
Había dicho a Gorki: «Qué bello, qué espléndido ser humano.
Humilde y apacible como una jovencita. Incluso anda como una jovencita. Es
sencillamente maravilloso.» Y escribió en su diario (todo el mundo llevaba un
diario o dietario en aquel tiempo): «Estoy contento de amar... a Chejov.»
Tolstoi se quitó la bufanda de lana y el abrigo de piel de oso y
se dejó caer en una silla junto a la cama de Chejov. Poco importaba que el enfermo
estuviera bajo medicación y tuviera prohibido hablar, y más aún mantener una conversación.
Chejov hubo de escuchar, lleno de asombro, cómo el conde disertaba acerca de sus
teorías sobre la inmortalidad del alma. Recordando aquella visita, Chejov
escribiría más tarde: «Tolstoi piensa que todos los seres (tanto humanos como
animales) seguiremos viviendo
en un principio (razón, amor...) cuya esencia y fines son algo
arcano para nosotros... De nada me sirve tal inmortalidad. No la entiendo, y
Lev Nikolaievich se asombraba de que no pudiera entenderla.»
A Chejov, no obstante, le produjo una honda impresión el solícito
gesto de aquella visita. Pero, a diferencia de Tolstoi, Chejov no creía, jamás
había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a
través de cuando menos uno de los cinco sentidos.
En consonancia con su concepción de la vida y la escritura,
carecía -según confesó en cierta ocasión- de «una visión del mundo filosófica,
religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme
con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan».
Unos años atrás, antes de que le diagnosticaran la tuberculosis,
Chejov había observado: «Cuando un campesino es víctima de la consunción, se
dice a sí mismo: "No puedo hacer nada. Me iré en la primavera, con el deshielo."»
(El propio Chejov moriría en verano, durante una ola de calor.) Pero, una vez diagnosticada su afección, Chejov
trató siempre de minimizar la gravedad de su estado. Al parecer estuvo
persuadido hasta el final de que lograría superar su enfermedad del mismo modo que se supera un catarro persistente.
Incluso en sus últimos días parecía poseer la firme convicción de que seguía
existiendo una posibilidad de mejoría.
De hecho, en una carta escrita poco antes de su muerte, llegó a
decirle a su hermana que estaba «engordando», y que se sentía mucho mejor desde
que estaba en Badenweiler.
Badenweiler era un pequeño balneario y centro de recreo situado en la zona occidental
de la Selva Negra, no lejos de Basilea. Se divisaban los Vosgos casi desde
cualquier punto de la ciudad, y en aquellos días el aire era puro y
tonificador. Los rusos eran asiduos de sus baños termales y de sus apacibles
bulevares. En el mes de junio de 1904 Chejov llegaría a
Badenweiler para morir.
A principios de aquel mismo mes había soportado un penoso viaje en
tren de Moscú a Berlín. Viajó con su mujer, la actriz Olga Knipper, a quien
había conocido en 1898 durante los ensayos de La gaviota. Sus contemporáneos la
describen como una excelente actriz. Era una mujer de talento, físicamente
agraciada y casi diez años más joven que el dramaturgo. Chejov se había sentido
atraído por ella de inmediato, pero era lento de acción en materia amorosa.
Prefirió, como era habitual en él, el flirteo al matrimonio. Al cabo, sin
embargo, de tres años de un idilio lleno de separaciones, cartas e inevitables
malentendidos, contrajeron matrimonio en Moscú, el 25 de mayo de 1901, en la
más estricta intimidad. Chejov se sentía enormemente feliz. La llamaba «mi poney», y a veces «mi perrito» o «mi
cachorro». También le gustaba llamarla «mi pavita» o sencillamente «mi
alegría».
En Berlín Chejov había consultado a un reputado especialista en
afecciones pulmonares, el doctor Karl Ewald. Pero, según un testigo presente en
la entrevista, el doctor Ewald, tras examinar a su paciente, alzó las manos al
cielo y salió de la sala sin pronunciar una palabra.
Chejov se hallaba más allá de toda posibilidad de tratamiento, y
el doctor Ewald se sentía furioso consigo mismo por no poder obrar milagros y
con Chejov por haber llegado a aquel estado.
Un periodista ruso, tras visitar a los Chejov en su hotel, envió a
su redactor jefe el siguiente despacho: «Los días de Chejov están contados.
Parece mortalmente enfermo, está terriblemente delgado, tose continuamente, le
falta el resuello al más leve movimiento, su fiebre es alta.» El mismo
periodista había visto al matrimonio Chejov en la estación de Potsdam, cuando
se disponían a tomar el tren para Badenweiler. «Chejov -escribe- subía a duras
penas la pequeña escalera de la estación. Hubo de sentarse durante varios
minutos para recobrar el aliento.» De hecho, a Chejov le resultaba doloroso
incluso moverse: le dolían constantemente las piernas, y tenía también dolores
en el vientre. La enfermedad le había invadido los intestinos y la médula
espinal. En aquel instante le quedaba menos de un mes de vida. Cuando hablaba
de su estado, sin embargo -según Olga-, lo hacía con «una casi irreflexiva indiferencia».
El doctor Schwóhrer era uno de los muchos médicos de Badenweiler
que se ganaba cómodamente la vida tratando a una clientela acaudalada que
acudía al balneario en busca de alivio a sus dolencias. Algunos de sus
pacientes eran enfermos y gente de salud precaria, otros simplemente viejos o
hipocondríacos. Pero Chejov era un caso muy especial: un enfermo desahuciado en
fase terminal. Y un personaje muy famoso. El doctor Schwóhrer conocía su
nombre: había le ído algunas de sus narraciones cortas en una revista alemana.
Durante el primer examen médico, a primeros de junio, el doctor
Schwóhrer le expresó la admiración que sentía por su obra, pero se reservó para
sí mismo el juicio clínico. Se limitó a prescribirle una dieta de cacao, harina
de avena con mantequilla fundida y té de fresa. El té de fresa ayudaría al
paciente a conciliar el sueño.
El 13 de junio, menos de tres semanas antes de su muerte, Chejov
escribió a su madre diciéndole que su salud mejoraba: «Es probable que esté
completamente curado dentro de una semana.» ¿Qué podía empujarle a decir eso?
¿Qué es lo que pensaba realmente en su fuero interno? También él era médico, y
no podía ignorar la gravedad de su estado. Se estaba muriendo: algo tan simple e inevitable como eso. Sin embargo, se
sentaba en el balcón de su habitación y leía guías de ferrocarril. Pedía
información sobre las fechas de partida de barcos que zarpaban de Marsella
rumbo a Odessa. Pero sabía. Era la fase terminal: no podía no saberlo. En una
de las últimas cartas que habría de escribir, sin embargo, decía a su hermana
que cada día se encontraba más fuerte.
Hacía mucho tiempo que había perdido todo afán de trabajo
literario. De hecho, el año anterior había estado casi a punto de dejar
inconclusa El jardín de los cerezos. Esa obra teatral le había supuesto el
mayor esfuerzo de su vida. Cuando la estaba terminando apenas lograba escribir
seis o siete líneas diarias. «Empiezo a desanimarme -escribió a Olga-. Siento
que estoy acabado como escritor. Cada frase que escribo me parece
carente de valor, inútil por completo.» Pero siguió escribiendo. Terminó la
obra en octubre de 1903. Fue lo último que escribiría en su vida, si se
exceptúan las cartas y unas cuantas anotaciones en su libreta.
El 2 de julio de 1904, poco después de medianoche, Olga mandó
llamar al doctor Schw6hrer. Se trataba de una emergencia: Chejov deliraba. El
azar quiso que en la habitación contigua se alojaran dos jóvenes rusos que
estaban de vacaciones. Olga corrió hasta su puerta a explicar lo que pasaba. Uno de ellos dormía, pero el otro, que aún seguía
despierto fumando y leyendo, salió precipitadamente del hotel en busca del
doctor Schwóhrer. «Aún puedo oír el sonido de la grava bajo sus zapatos en el
silencio de aquella sofocante noche de julio», escribiría Olga en sus memorias. Chejov tenía alucinaciones:
hablaba de marinos, e intercalaba retazos inconexos de algo relacionado con los
japoneses. «No debe ponerse hielo en un estómago vacío», dijo cuando su mujer
trató de ponerle una bolsa de hielo sobre el pecho.
El doctor Schwóhrer llegó y abrió su maletín sin quitar la mirada
de Chejov, que jadeaba en la cama. Las pupilas del enfermo estaban dilatadas, y
le brillaban las sienes a causa del sudor. El semblante del doctor Schwóhrer se
mantenía inexpresivo, pues no era un hombre emotivo, pero sabía que el fin del
escritor estaba próximo. Sin embargo, era médico, debía hacer -lo
obligaba a ello un juramento- todo lo humanamente posible, y
Chejov, si bien muy débilmente, todavía se aferraba a la vida. El doctor
Schwóhrer preparó una jeringuilla y una aguja y le puso una inyección de
alcanfor destinada a estimular su corazón. Pero la inyección no surtió ningún
efecto (nada, obviamente, habría surtido efecto alguno). El doctor Schwehrer,
sin embargo, hizo saber a Olga su intención de que trajeran oxígeno. Chejov, de
pronto, pareció reanimarse. Recobró la lucidez y dijo quedamente:
«¿Para qué? Antes de que llegue seré un cadáver.»
El doctor Schwóhrer se atusó el gran mostacho y se quedó mirando a
Chejov, que tenía las mejillas hundidas y grisáceas, y la tez cérea. Su
respiración era áspera y ronca. El doctor Schwóhrer supo que apenas le quedaban
unos minutos de vida. Sin pronunciar una palabra, sin consultar siquiera con
Olga, fue hasta el pequeño hueco donde estaba el teléfono mural.
Leyó las instrucciones de uso. Si mantenía apretado un botón y
daba vueltas a la manivela contigua al aparato, se pondría en comunicación con
los bajos del hotel, donde se hallaban las cocinas. Cogió el auricular, se lo
llevó al oído y siguió una a una las instrucciones. Cuando por fin le
contestaron, pidió que subieran una botella del mejor champaña que hubiera en
la
casa. «¿Cuántas copas?», preguntó el empleado. «¡Tres copas!»,
gritó el médico en el micrófono. «Y dése prisa, ¿me oye?» Fue uno de esos
excepcionales momentos de inspiración que luego tienden a olvidarse fácilmente,
pues la acción es tan apropiada al instante que parece inevitable.Trajo el champaña un joven rubio, con aspecto de cansado y el pelo
desordenado y en punta.
Llevaba el pantalón del uniforme lleno de arrugas, sin el menor
asomo de raya, y en su precipitación se había atado un botón de la casaca en
una presilla equivocada. Su apariencia era la de alguien que se estaba tomando
un descanso (hundido en un sillón, pongamos, dormitando) cuando de pronto, a
primeras horas de la madrugada, ha oído sonar al aire, a lo lejos -santo cielo-, el sonido estridente del teléfono, e
instantes después se ha visto sacudido por un superior y enviado con una
botella de Moét a la habitación 211. «¡Y date prisa, ¿me oyes?!»
El joven entró en la habitación con una bandeja de plata con el
champaña dentro de un cubo de plata lleno de hielo y tres copas de cristal
tallado. Habilitó un espacio en la mesa y dejó el
cubo y las tres copas. Mientras lo hacía estiraba el cuello para
tratar de atisbar la otra pieza, donde alguien jadeaba con violencia. Era un
sonido desgarrador, pavoroso, y el joven se volvió y bajó la cabeza hasta
hundir la barbilla en el cuello. Los jadeos se hicieron más desaforados y
roncos. El joven, sin percatarse de que se estaba demorando, se quedó unos
instantes
mirando la ciudad anochecida a través de la ventana. Entonces
advirtió que el imponente caballero del tupido mostacho le estaba metiendo unas
monedas en la mano (una gran propina, a juzgar por el tacto), y al instante
siguiente vio ante sí la puerta abierta del cuarto.
Dio unos pasos hacia el exterior y se encontró en el descansillo,
donde abrió la mano y miró las monedas con asombro.
De forma metódica, como solía hacerlo todo, el doctor Schwóhrer se
aprestó a la tarea de descorchar la botella de champaña. Lo hizo cuidando de
atenuar al máximo la explosión festiva. Sirvió luego las tres copas y, con
gesto maquinal debido a la costumbre, metió el corcho a presión en el cuello de
la botella. Luego llevó las tres copas hasta la cabecera del moribundo. Olga
soltó momentáneamente la mano de Chejov (una mano, escribiría más
tarde, que le quemaba los dedos). Colocó otra almohada bajo su
nuca. Luego le puso la fría copa de champaña contra la palma, y se aseguró de
que sus dedos se cerraran en torno al pie de la copa. Los tres intercambiaron
miradas: Chejov, Olga, el doctor Schwóhrer. No hicieron chocar las copas. No
hubo brindis. ¿En honor de qué diablos iban a brindar? ¿De la muerte?
Chejov hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y dijo: «Hacía
tanto tiempo que no bebía champaña... » Se llevó la copa a los labios y bebió.
Uno o dos minutos después Olga le retiró la copa vacía de la mano y la dejó
encima de la mesilla de noche. Chejov se dio la vuelta en la cama y se quedó tendido de lado. Cerró los ojos y suspiró. Un
minuto después dejó de respirar.
El doctor Schwóhrer cogió la mano de Chejov, que descansaba sobre
la sábana. Le tomó la muñeca entre los dedos y sacó un reloj de oro del
bolsillo del chaleco, y mientras lo hacía abrió la tapa. El segundero se movía
despacio, muy despacio. Dejó que diera tres vueltas alrededor de la esfera a la
espera del menor indicio de pulso. Eran las tres de la madrugada, y en la habitación hacía un bochorno sofocante. Badenweiler estaba
padeciendo la peor ola de calor conocida en muchos años. Las ventanas de ambas
piezas permanecían abiertas, pero no había el menor rastro de brisa. Una enorme
mariposa nocturna de alas negras surcó el aire y fue a chocar con fuerza contra la lámpara eléctrica. El doctor
Schwóhrer soltó la muñeca de Chejov. «Ha muerto», dijo. Cerró el reloj y volvió
a metérselo en el bolsillo del chaleco.
Olga, al instante, se secó las lágrimas y comenzó a sosegarse. Dio
las gracias al médico por haber acudido a su llamada. El le preguntó si deseaba
algún sedante, láudano, quizá, o unas gotas de valeriana. Olga negó con la
cabeza. Pero quería pedirle algo: antes de que las autoridades fueran informadas y los periódicos conocieran el
luctuoso desenlace, antes de que Chejov dejara para siempre de estar a su
cuidado, quería quedarse a solas con él un largo rato. ¿Podía el doctor
Schwóhrer ayudarla? ¿Mantendría en secreto, durante apenas unas horas, la
noticia de aquel óbito?
El doctor Schwehrer se acarició el mostacho con un dedo. ¿Por qué
no? ¿Qué podía importar, después de todo, que el suceso se hiciera público unas
horas más tarde? Lo único que quedaba por hacer era extender la partida de
defunción, y podría hacerlo por la mañana en su consulta, después de dormir
unas cuantas horas. El doctor Schwóhrer movió la cabeza en señal de
asentimiento y recogió sus cosas. Antes de salir, pronunció unas palabras de condolencia.
Olga inclinó la cabeza. «Ha sido un honor», dijo el doctor Schwóhrer. Cogió el maletín
y salió de la habitación. Y de la Historia.
Fue entonces cuando el corcho saltó de la botella. Se derramó
sobre la mesa un poco de espuma de champaña. Olga volvió junto a Chejov. Se
sentó en un taburete, y cogió su mano.
De cuando en cuando le acariciaba la cara. «No se oían voces
humanas, ni sonidos cotidianos -escribiría más tarde-. Sólo existía la belleza,
la paz y la grandeza de la muerte.»
Se quedó junto a Chejov hasta el alba, cuando el canto de los
tordos empezó a oírse en los jardines de abajo. Luego oyó ruidos de mesas y
sillas: alguien las trasladaba de un sitio a otro en alguno de los pisos de
abajo. Pronto le llegaron voces. Y entonces llamaron a la puerta.
Olga sin duda pensó que se trataba de algún funcionario, el médico
forense, por ejemplo, o alguien de la policía que formularía preguntas y le
haría rellenar formularios, o incluso (aunque no era muy probable) el propio
doctor Schwóhrer acompañado del dueño de alguna funeraria que se encargaría de
embalsamar a Chejov y repatriar a Rusia sus restos mortales.
Pero era el joven rubio que había traído el champaña unas horas
antes.
Ahora, sin embargo, llevaba los pantalones del uniforme
impecablemente planchados, la raya nítidamente marcada y los botones de la
ceñida casaca verde perfectamente abrochados. Parecía otra persona. No sólo
estaba despierto, sino que sus llenas mejillas estaban bien afeitadas y su pelo domado y peinado. Parecía deseoso de agradar. Sostenía entre
las manos un jarrón de porcelana con tres rosas amarillas de largo tallo. Le
ofreció las flores a Olga con un airoso y marcial taconazo. Ella se apartó de
la puerta para dejarle entrar. Estaba allí -dijo el joven para retirar las
copas, el cubo del hielo y la bandeja. Pero también quería informarle de que, debido al extremo calor de la mañana, el desayuno se serviría en
el jardín. Confiaba asimismo en que aquel bochorno no les resultara en exceso
fastidioso. Y lamentaba que hiciera un tiempo tan agobiante.
La mujer parecía distraída. Mientras el joven hablaba apartó la
mirada y la fijó en algo que había sobre la alfombra. Cruzó los brazos y se
cogió los codos con las manos. El joven, entretanto, con el jarrón entre las
suyas a la espera de una señal, se puso a contemplar detenidamente la
habitación. La viva luz del sol entraba a raudales por las ventanas abiertas.
La habitación estaba ordenada; parecía poco utilizada aún, casi
intocada. No había prendas tiradas encima de las sillas; no se veían zapatos ni
medias ni tirantes ni corsés. Ni maletas abiertas. Ningún desorden ni embrollo,
en suma; nada sino el cotidiano y pesado mobiliario.
Entonces, viendo que la mujer seguía mirando al suelo, el joven
bajó también la mirada, y descubrió al punto el corcho cerca de la punta de su
zapato. La mujer no lo había visto:
miraba hacia otra parte. El joven pensó en inclinarse para
recogerlo, pero seguía con el jarrón en las manos y temía parecer aún más
inoportuno si ahora atraía la atención hacia su persona. Dejó de mala gana el
corcho donde estaba y levantó la mirada. Todo estaba en orden, pues, sal vo la
botella de champaña descorchada y semivacía que descansaba sobre la mesa junto a dos copas de cristal. Miró en torno una vez más. A
través de una puerta abierta vio que la tercera copa estaba en el dormitorio,
sobre la mesilla de noche. Pero ¡había alguien aún acostado en la cama! No pudo
ver ninguna cara, pero la figura acostada bajo las mantas permanecía
absolutamente inmóvil. Una vez percatado de su presencia, miró hacia otra parte. Entonces, por alguna razón que no alcanzaba a
entender, lo embargó una sensación de desasosiego. Se aclaró la garganta y
desplazó su peso de una pierna a otra. La mujer seguía sin levantar la mirada,
seguía encerrada en su mutismo. El joven sintió que la sangre afluía a sus
mejillas. Se le ocurrió de pronto, sin reflexión previa alguna, que tal vez debía
sugerir una alternativa al desayuno en el jardín. Tosió, confiando en atraer la
atención de la mujer, pero ella ni lo miró siquiera. Los distinguidos huéspedes
extranjeros -dijo- podían desayunar en sus habitaciones si ése era su deseo. El
joven (su nombre no ha llegado hasta nosotros, y es harto probable que perdiera la vida en la primera
gran guerra) se ofreció gustoso a subir él mismo una bandeja. Dos bandejas,
dijo luego, volviendo a mirar -ahora con mirada indecisa- en dirección al
dormitorio.
Guardó silencio y se pasó un dedo por el borde interior del
cuello. No comprendía nada. Ni siquiera estaba seguro de que la mujer le
hubiera escuchado. No sabía qué hacer a continuación; seguía con el jarrón
entre las manos. La dulce fragancia de las rosas le anegó las ventanillas de la
nariz, e inexplicablemente sintió una punzada de pesar. La mujer, desde que
había entrado él en el cuarto y se había puesto a esperar, parecía absorta en
sus
pensamientos. Era como si durante todo el tiempo que él había
permanecido allí de pie, hablando, desplazando su peso de una pierna a otra,
con el jarrón en las manos, ella hubiera estado en otra parte, lejos de
Badenweiler. Pero ahora la mujer volvía en sí, y su semblante perdía aquella
expresión ausente. Alzó los ojos, miró al joven y sacudió la cabeza. Parecía esforzarse
por entender qué diablos hacía aquel joven en su habitación con tres rosas amarillas. ¿Flores? Ella no había encargado ningunas flores.
Pero el momento pasó. La mujer fue a buscar su bolso y sacó un
puñado de monedas. Sacó también unos billetes. El joven se pasó la lengua por
los labios fugazmente: otra propina elevada, pero ¿por qué? ¿Qué esperaba de él
aquella mujer? Nunca había servido a ningún huésped parecido. Volvió a
aclararse la garganta.
No quería el desayuno, dijo la mujer. Todavía no, en todo caso. El
desayuno no era lo más importante aquella mañana. Pero necesitaba que le
prestara cierto servicio. Necesitaba que fuera a buscar al dueño de una
funeraria. ¿Entendía lo que le decía? El señor Chejov había muerto, ¿lo
entendía? Comprenez-vous? ¿Eh, joven? Anton Chejov estaba muerto. Ahora atiéndeme bien, dijo la mujer. Quería que bajara a recepción y
preguntara dónde podía encontrar al empresario de pompas fúnebres más
prestigioso de la ciudad. Alguien de confianza, escrupuloso con su trabajo y de
temperamento reservado. Un artesano, en suma, digno de un gran artista. Aquí
tienes, dijo luego, y le encajó en la mano los billetes. Diles ahí abajo que quiero que seas tú quien me preste este servicio. ¿Me
escuchas? ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
El joven se esforzó por comprender el sentido del encargo.
Prefirió no mirar de nuevo en dirección al otro cuarto. Ya había presentido
antes que algo no marchaba bien. Ahora advirtió que el corazón le latía con
fuerza bajo la casaca, y que empezaba a aflorarle el sudor en la frente. No
sabía hacia dónde dirigir la mirada. Deseaba dejar el jarrón en alguna parte.
Por favor, haz esto por mí, dijo la mujer. Te recordaré con
gratitud. Diles ahí abajo que he insistido. Di eso. Pero no llames la atención
innecesariamente. No atraigas la atención ni sobre tu persona ni sobre la
situación. Diles únicamente que tienes que hacerlo, que yo te lo he pedido... y
nada más. ¿Me oyes? Si me entiendes, asiente con la cabeza. Pero sobre todo
que no cunda la noticia. Lo demás, todo lo demás, la conmoción y
todo eso... llegará muy pronto. Lo peor ha pasado. ¿Nos estamos entendiendo?
El joven se había puesto pálido. Estaba rígido, aferrado al
jarrón. Acertó a asentir con la cabeza. Después de obtener la venia para salir
del hotel, debía dirigirse discreta y decididamente, aunque sin precipitaciones
impropias, hacia la funeraria. Debía comportarse exactamente como si estuviera
llevando a cabo un encargo muy importante, y nada más. De hecho estaba llevando
a cabo un encargo muy importante, dijo la mujer. Y, por si podía ayudarle a mantener el buen temple de su paso, debía
imaginar que caminaba por una acera atestada llevando en los brazos un jarrón
de porcelana -un jarrón lleno de rosas destinado a un hombre importante. (La
mujer hablaba con calma, casi en un tono de confidencia, como si le hablara a
un amigo o a un pariente.) Podía decirse a sí mismo incluso que el hombre a
quien debía entregar las rosas le estaba esperando, que quizá esperaba con impaciencia
su llegada con las flores. No debía, sin embargo, exaltarse y echar a correr,
ni quebrar la cadencia de su paso. ¡Que no olvidara el jarrón que llevaba en
las manos! Debía caminar con brío, comportándose en todo momento de la manera
más digna posible. Debía seguir caminando hasta llegar a la funeraria, y
detenerse ante la puerta. Levantaría luego la aldaba, y la dejaría caer una,
dos, tres veces. Al cabo de unos instantes, el propio patrono de la funeraria
bajaría a abrirle.
Sería un hombre sin duda cuarentón, o incluso cincuentón, calvo,
de complexión fuerte, con gafas de montura de acero montadas casi sobre la
punta de la nariz. Sería un hombre recatado, modesto, que formularía tan sólo
las preguntas más directas y esenciales. Un mandil. Sí, probablemente llevaría
un mandil. Puede que se secara las manos con una toalla oscura mientras
escuchaba lo que se le decía. Sus ropas despedirían un tufillo de formaldehído, pero perfectamente soportable, y al joven no le
importaría en absoluto. El joven era ya casi un adulto, y no debía sentir miedo
ni repulsión ante esas cosas. El hombre de la funeraria le escucharía hasta el
final. Era sin duda un hombre comedido y de buen temple, alguien capaz de
ahuyentar en lugar de agravar los miedos de la gente en este tipo de
situaciones. Mucho tiempo atrás llegó a familiarizarse con la muerte, en todas
sus formas y apariencias posibles. La muerte, para él, no encerraba ya
sorpresas, ni soterrados secretos.
Este era el hombre cuyos servicios se requerían aquella mañana.
El maestro de pompas fúnebres coge el jarrón de las rosas. Sólo en
una ocasión durante el parlamento del joven se despierta en él un destello de
interés, de que ha oído algo fuera de lo ordinario. Pero cuando el joven
menciona el nombre del muerto, las cejas del maestro se alzan ligeramente.
¿Chejov, dices? Un momento, en seguida estoy contigo.
¿Entiendes lo que te estoy diciendo?, le dijo Olga al joven. Deja
las copas. No te preocupes por ellas. Olvida las copas de cristal y demás,
olvida todo eso. Deja la habitación como está.
Ahora ya todo está listo. Estamos ya listos. ¿Vas a ir? Pero en
aquel momento el joven pensaba en el corcho que seguía en el suelo, muy cerca
de la punta de su zapato. Para recogerlo tendría que agacharse sin soltar el
jarrón de las rosas. Eso es lo que iba a hacer. Se agachó. Sin mirar hacia
abajo. Cogió el corcho, lo encajó en el hueco de la palma y cerró la mano.

